A veces me he sentido tentada a comprarles a mis hijos en el mercado, un ejército de muñequitos de plástico. Me encantan esos verdes monocromáticos de piernas pegadas, y tengo una sensación guardada en alguna parte de la niñez producida por el roce de la uña con el sobrante del plástico. He visto más de una docena de veces, Toy Story (1 y 2) y alucino con estos muñequitos y los binoculares monitoreando el cumpleaños de Andy. Pero me reprimo de comprarlos porque no me gusta que mis hijos se entretengan con juguetes bélicos. Ya tendrán en su crecimiento por este país violento, tiempo y espacio suficiente, para enfrentarse con la realidad de pistolitas y soldados. Mientras dependa de mí, nos divertiremos cocinando pasteles o haciendo submarinos amarillos con rollos viejos de papel de baño.
Pero como los hijos suelen salir más listos que los padres, siempre encuentran la manera de jugarnos la vuelta. ¡No mamí, esa no es una pistolita, es un dispensador acuático! Y el cuchillo si lo ves bien no es de pirata, es un machete para quitar el monte. Y en ese disimule, los niños han logrado transformar a un espeluznante Power Ranger en un eco-protector. Y sin querer queriendo en lugar de jugar a matar, juegan a cuidar las plantitas y a proteger animales. También construyen puentes que duran un Agatha y drenan los ríos que deja la lluvia en mi jardín. Claro, es sólo un juego de niños con imaginación.
Por cierto, me acabo de acordar que hoy es el día del ejército. Y que aunque el nuestro sufre de hidrocefalia (cabeza grande y cuerpo chiquito) nos cuesta bastante millones al año. Siguiendo la lógica de los niños, si ya tenemos un juguete caro y equipado usémoslo para algo bueno. La guerra contra la contaminación y la deforestación los entretendría un rato.