En estos tiempos de elecciones con nuestra colección bizarra de candidatos a puestos públicos me ha dado por pensar en la Asociación de Alcaldes Comunales de los 48 Cantones de Totonicapán. Me parece un modelo muy eficiente de administración local y comunitaria, digno de imitar y promover. Quizá les parezca sospechoso imitar algo que no viene de Estados Unidos o de otro lugar. ¿Cómo es? ¿Más civilizado? ¿Más avanzado? Pero los nietos de Atanasio Tzul, un pueblo en que el 97.2 por ciento se considera indígena k’iche’, tienen mucho que enseñarnos de la forma en que desde hace siglos administran su territorio que incluye 22 mil hectáreas boscosas de pino blanco y colorado, encino y el casi extinto pinabete, gracias a lo cual se mantienen activos los mil 200 nacimientos de agua que enriquecen el afluente hídrico de los ríos Chixoy, Motagua, Samalá y Nahualate y alimentan toda la cuenca del lago Atitlán.
Un promedio de mil personas al año asumen en sus comunidades distintos puestos en una red que cubre, mejor que el mismo Estado, las necesidades de la población y que, además, actúa sin presupuesto de este. Lo más increíble de estas elecciones es que el proselitismo dura solo 3 minutos, lo necesario para decir el nombre, de qué familia proviene el candidato y los servicios que ha hecho por la comunidad. Debe haber consenso en la votación. Las personas electas trabajan voluntariamente durante un año para resolver desde casos sencillos de violencia intrafamiliar o robos hasta concretar proyectos de salud y de educación. Y, además, son responsables de que Totonicapán sea el único departamento de Guatemala donde el agua es negocio comunitario, ya que es entubada y distribuida por ellos mismos y les asegura un abastecimiento de líquido vital limpio para al menos 50 mil familias en la región. Un caso único de descentralización y autonomía local que admiro mucho.

