miércoles, 13 de marzo de 2013

No viajar

Pasar por una oficina de migración o una frontera me inquieta. Me siento como una criminal con algo que ocultar. Son tantas las historias de terror que he escuchado en los viajes que no puedo evitar sentir miedo en esa línea de “fuego” tan sensible como las fronteras. Sudo. Me encuentro ya en otro país. Lo sé por el sello en mi pasaporte, porque por fuera todo luce igual. Mismas franquicias de comida chatarra, mismas ofertas de 2 x 1, mismo monopolio de comunicación. Más de la mitad de los anuncios que leo están en inglés, los modelos son todos blancos y rubios, altos y flacos, la moneda que se usa es el dólar. No estoy en Estados Unidos se nota por el desorden en la carretera, por los baches en las calles, por la pobreza en los semáforos, por el físico de las personas afuera. Llego a un higiénico e impersonal hotel. Me dan una tarjeta en vez de una llave. La comida es internacional para que nos guste a todos. No hay ni siquiera pupusas internacionales. Subo a mi cuarto a ver una televisión que no cabría en mi casa. Los mismos 99 canales de pura basura alienante. Paso dos horas cambiando de canal. No me detengo en nada. Al día siguiente bajo a desayunar y hojeo el periódico local. Al igual que en mi país, los lunes la mitad del periódico viene lleno de futbolistas. Veo políticos abrazando ancianos, cargando niños. No conozco sus nombres pero me suenan sus mañas. Las noticias hablan de proselitismo anticipado, de corrupción, de la conveniencia o no del vaso de leche, de la muerte de Chávez, del cónclave para elegir al nuevo Papa, de la racha de incendios forestales. ¿Viajo o estoy soñando?

sábado, 9 de marzo de 2013

TRANS 2.0: Este amor callejero no es como el de los abuelos

Este amor callejero no es como el de los abuelos, el áspero mineral contagiado a nuestras manos con cierto lenguaje obsceno y despiadado con que te cantan ahora las bocinas, nena, la fuerza asfáltica donde colisionan a veces nuestros cuerpos, algunas balas ineptas por innecesarias y unos descarados besos que encienden las esquinas por la noche cuando nos observan desde lejos las ventanas acusadoras pensando en cuán bajo hemos caído al amarnos rudos, animales, sucios a la vista de todos. Porque los abuelos no lo hacían así. Uno lo ve en las películas a blanco y negro, ellos se colaban al granero y se acariciaban entre tanta ropa. Por eso quema ahora el castigo de la inmoralidad, porque los abuelos, nena, ellos supieron no dejar sus apellidos en las seis mujeres que parieron los cuarenta y cinco tíos nuestros, aquello es imposible de alcanzar a nuestros reguetoneros deseos y al sueño de tener un día, muñeca, una hermosa niña a quien le pondremos tu nombre. Volver al índice de TRANS 2.0

miércoles, 6 de marzo de 2013

Voltear la tortilla

El caso del niño sicario vuelve a despertar al monstruo de las reformas constitucionales. La Vicepresidenta, diputados y las masas piden endurecer las leyes contra los más vulnerables. ¡Qué se les juzgue como adultos! Es increíble la forma que tienen los Caradura de voltear la tortilla. Guatemala ostenta las peores cifras de maltrato a la niñez. La Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala, ODHAG, contabiliza en enero de este año 120 menores de 18 años asesinados con armas de fuego o blancas. Según el Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva –OSAR- 120 niñas y adolescentes quedan embarazadas diariamente, la mayoría de casos por agresión y violencia sexual de forma cotidiana. Si hablamos de maltrato infantil, CONACMI reveló que en el 2010 se reportaron siete mil casos de violencia intrafamiliar y monitoreó en la red hospitalaria once mil casos de violencia y agresión sexual a menores de edad. Y eso que hay un subregistro ya que la infancia tiene menos acceso a la justicia, sobre todo si ésta se ejerce desde sus casas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se calcula que el 20 por ciento del PIB es producido por menores de 14 años. Casi un millón de niños y adolescentes realiza alguna actividad económica peligrosa como recolección de basura, reciclaje, manipulación de pólvora, minería de piedrín y cal, lanza fuegos, agro industrias, servidumbre, pornografía, drogas y sicariato. Detrás de estos niños, hay millones de adultos que se benefician. ¡Adultos que ahora quieren mano dura contra los niños! Lucha Libre publicada el miércoles 7 de marzo del 2013 en elPeriódico.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Rex

La imagen de un niño de diez años con una pistola en la mano dispuesto a asesinar sin piedad me traslada a Ciudad de Dios, filme brasileño que retrata la vida en las favelas. Pero esto no es un guión de una película, pasa aquí nomás en los linderos de nuestra zona de confort. Tengo un hijo de esa misma edad, que es pura dulzura, corazón y bondad, un niño que piensa que es más fácil y barato acabar con los ladrones dándoles trabajo que metiéndolos a la cárcel. Siempre he pensado que los niños nacen sabios y que somos los adultos quienes nos vamos “cagando” poco a poco en su lógica y sabiduría. La sociedad, la familia y la escuela también hacen lo suyo. Me pregunto si el niño sicario tendría posibilidad de haber jugado con mi hijo o si de encontrarse habría de ser uno como víctima, el otro como verdugo. ¿Debería enseñarle a mi chiquito a defenderse de los otros con armas o golpes? ¡No! Prefiero tener un hijo al que le roban su refacción en el colegio, a criar un ser humano que con tal de defender su propiedad privada será capaz de prenderle fuego a alguien. No sé qué quieren los otros guatemaltecos con quienes comparto territorio. No sé si están felices linchando motoladrones en la plaza. Yo no quiero un hijo asesino, como tampoco quiero un hijo asesinado. Volviendo al niño sicario, me pregunto si ha comido alguna vez panqueques con miel. Y si también le pide a su mamá que lo arrope por las noches. ¿Habrá escuchado alguna vez un cuento antes de dormir? ¿Habrá botado ya todas sus muelas? ¿Creerá en el Ratón Pérez? ¿Será el Tiranosaurio Rex su dinosaurio favorito? ¿Tendrá miedo en las noches? (La Lucha Libre publicada en elPeriódico el miércoles 27 de febrero del 2013).

martes, 19 de febrero de 2013

¿Yo, racista?

La Prensa del domingo cuenta que hay “brotes” de racismo en el deporte nacional. A los futbolistas de apellidos indígenas y a los garífunas los insultan o los comparan con monos. Según el reportaje es algo común en los partidos. Los agredidos coinciden en que esto hiere sus sentimientos y ofende su dignidad. Los árbitros no hacen nada aunque constituye un delito punible. A algunos con solo modificar su nombre, les cambia la suerte como al famoso Pin Plata, que podría llamarle a su autobiografía “Siendo Plata me fue mejor, la vida de Juan Carlos Puac, antes de la fama”. O el increíble caso del destacado atleta Doroteo Guamuch Flores que cuenta que cuando ganó la maratón de Boston en 1952, tuvo que cambiarse el nombre “para comodidad de los cronistas que no podían pronunciarlo”, y así pasó a llamarse Mateo Flores, nombre que hoy lleva el Estadio Nacional. ¡Qué vergüenza ese racismo de Estado! En Guatemala no hay brotes de racismo, hay un racismo completamente enraizado en la cultura, los chistes, el deporte, la sociedad, en el día a día del guatemalteco, en las aspiraciones de blanquear la piel, de aclarar el pelo, de hablar en inglés dentro de Guate, de estirarse de la nariz, de buscar en el árbol genealógico al abuelo español, en la vergüenza del apellido indígena, en la pena de la mancha mongólica, en el abuso de poder ante el otro, en el genocidio negado, en el “se te sale el indio”, en el “cuando era chiquita era canchita, en el “hay que mejorar la raza ”. Aquí, no solo hay racismo, sino clasismo, esnobismo y negación. Todos somos racistas (menos yo, por supuesto). Columna publicada el miércoles 20 de febrero en elPeriódico de Guatemala.