
Muchos padres trabajan y viven en función de dar a sus hijos la mejor educación posible. Hacen colas durante la madrugada para lograr inscribirlos en aquel establecimiento (privado o público) que consideran le abrirá a su niño, las puertas de un futuro mejor. Se endeudan, se comprometen y desembolsan en enero el dinero necesario para útiles, uniformes, inscripciones, seguros y colegiatura. El niño adquiere la responsabilidad de no defraudar a los padres, obedecer y adaptarse a la perfección a la sociedad estudiantil. Pero estas historias de sacrificio no siempre dan los resultados esperados. Según datos arrojados por la Primera Encuesta Nacional de la Juventud en Guatemala, solo uno de cada cien estudiantes de los niveles socioeconómicos (NSE) medio bajo y bajo finalizará la universidad. Los demás, deberán enfrentar el competitivo mundo laboral con los conocimientos adquiridos durante sus pocos o muchos años en el sistema educativo nacional. ¿Y qué aprenden los niños durante más de una década entre pupitres y maestros mal pagados? Aprenden a obedecer, a callar, a darles la razón a los adultos, a no cuestionar. La autoestima y confianza que desarrolla cada niño es vista como una dificultad más que como un valor positivo. Se les enseña que su conocimiento y particular proceso de aprendizaje es evaluable por medio de un puntaje. En el centro del sistema educativo debería estar el alumno y no sus conocimientos adquiridos. ¿A qué futuro estamos llevando a los niños y niñas si no revolucionamos la forma en la que aprenden?

