jueves, 10 de abril de 2014

El violador

Bajo el lema “Si nos toca a una, nos toca a todas” un colectivo de mujeres feministas de Huehuetenango se tomaron la justicia con sus propias manos para acusar públicamente a un violador en serie que permanece libre a pesar de las constantes denuncias presentadas por sus víctimas. Héctor Saúl Martínez Palacios era catedrático de “ética y moral” del Colegio en Ciencias Comerciales de Huehuetenango y además estudiante de Pedagogía y Administración educativa del Centro Universitario de Noroccidente de la USAC, desde donde ejercía poder sobre sus estudiantes y compañeras de estudios. Cansadas de no ver justicia por los casos de violación, este colectivo decidió empapelar las instalaciones del colegio y universidad con fotos del agresor y un texto donde contaban el historial delincuencial de Martínez Palacios. Estas acciones valientes y solidarias provocaron que varias estudiantes rompieran el silencio y confesaran que también fueron víctimas del acoso sexual de ese viejo mañoso y se sumaron a la demanda de justicia. Aunque al principio las autoridades del colegio parecían proteger al violador, ante la presión de los padres de familia, despidieron al individuo y difundieron la información en medios locales. Felicito a este colectivo y espero que las guatemaltecas repliquemos estas acciones que son una manera de hacer justicia y poner en alerta a otras mujeres del peligro que supone tener cerca a un violador. Vergüenza pública es la pena mínima que merecen los violadores, cortarles el pene sería lo justo. @liberalucha

miércoles, 2 de abril de 2014

El Semillero

Para llegar a la aldea El Semillero en Tiquisate hay que atravesar hectáreas y hectáreas de plantaciones de banano, caña y palma africana. Lo que antes fue una frondosa selva hoy es monocultivo que alimenta la industrialización que no se traduce en prosperidad para sus habitantes, al contrario; el paisaje es desolador en medio del sentimiento desértico que produce ver repetidas mil veces un mismo cultivo. La industria es tan excluyente que los tramos asfaltados son únicamente los que pasan frente a las bodegas de estos productos, los demás, los vecinos, la comunidad está bien que se hundan en el polvoriento y maltrecho camino. Parte de esta aldea se inundó y el paisaje cambió para siempre con el paso del huracán Stan. La mayoría de adolescentes mayores de catorce años que vimos se encuentran ya “unidas” o embarazadas, empezando temprano un largo camino en la maternidad que las llenará de decenas de descendientes. Nunca, en ningún lugar de Guatemala, turístico o no, me he sentido tan bien recibida como en El Semillero: la gente es sencilla y desprendida, platicadora y confiada de los extraños o extranjeros. No te ven con cara de dólar como en otras partes del país. Llegamos al atardecer para dormir frente al mar y bajo las estrellas, en busca de las ruinas del antiguo amor de una amiga. No tuvimos miedo a ser asaltadas, violadas o descuartizadas. Compramos pescado fresco a bajo precio y lo cocinamos en las brasas, los vecinos nos regalaron mangos, aguacates y bananos. Nos dieron agua y nos dejaron usar el baño y acampar. Me alegra comprobar que aún hay lugares así en Guatemala.
Fotos de William Corleto, menos la de la familia en bicicleta, esa es de Lucía Escobar. Columna Lucha Libre publicada el miércoles 02 de abril en elPeriódico.

jueves, 27 de marzo de 2014

Fuego

Este es un país en permanente estado de combustión, con los volcanes siempre a punto de estallar y los humores efervescentes de sus habitantes. A cada rato algo se quema o queman a alguien. Todo lo resolvemos echando fuego ahí. No hemos curado en nuestros corazones el más famoso caso, el de la embajada de España en los años ochenta. Seguimos echando culpas; que fueron los guerrilleros, que fueron los militares. Los muertos a nadie le importan. Aquí todos queman, desde los azucareros con sus eternas rozas que contaminan toda la costa sur, hasta los incendios provocados con algún malévolo objetivo, como el que acabó con el edificio de Ferrocarriles de Guatemala o el del antiguo Hospital Militar. Hace cuatro años también sucedió aquel incendio que devoró la librería El Pensativo en Antigua Guatemala con todo y sus libros. Anteayer en la noche, volvió a agarrar fuego el mercado de la Terminal, en el centro de la capital, el corazón del comercio, donde convergen miles de guatemaltecos de los cuatro puntos cardinales, los más trabajadores y los más madrugadores. El fuego acabó con miles de puestos en un santiamén, no dejó nada a salvo, todo se volvió carbón. Admiro a los bomberos que enfrentan el peligro a cualquier hora, haciendo el trabajo que al Estado le da hueva hacer. Me dan vergüenza los políticos oportunistas que se hacen los interesados cuando lo único que quieren es sacar raja del dolor ajeno. Estos incendios así que consumen todo, nos dejan la oportunidad de empezar de cero, de hacerlo todo bien desde el principio.
Columna Lucha Libre publicada el 27 de marzo del 2014 en elPeriódico.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Paz y Paz

La guerra nunca terminó en Guatemala, se escondió bajo la mesa. Arriba del mantel blanco: las firmas, los generales de ambos lados se daban la mano, sonreían para la foto que exigía la comunidad internacional. Bajo la mesa cruzaron los dedos. Afuera quedaron como siempre los pobres, los soldados y los peones de ambos lados. Los que de verdad se la fajaron en la selva, los que comieron mierda tanto en el ejército como en la guerrilla siguen igual de olvidados. No hubo ganadores. Eso sí, los altos mandos se repartieron embajadas, oenegés, huesos, y entre ellos se cubrieron con la misma chamarra. Prometieron no traicionarse. Durante algunos años, los más ingenuos, los que éramos jóvenes cuando se firmó la Paz, nos creímos el cuento del fin de la guerra, bien felices nos pusimos, recontentos, cómo bailábamos de alegría. Pero a nuestro alrededor, siguieron cayendo los muertos, muchos, demasiados. Tenían balas en el cuerpo, a algunos los quemaban y a nadie le importaba. A saber en qué estaban metidos, seguía diciendo la gente. A la pobreza, a la desigualdad que ya existía en Guatemala, hubo que sumarle el narcotráfico, la globalización y un territorio geográfico cada vez más desgastado: los recursos naturales explotados y el saqueo internacional de todo lo que nos daba orgullo. Y en medio de todo eso, vimos una lucecita de esperanza, una fiscal general, la primera en Guatemala que actuaba diferente. Avanzamos, hubo condenas, creímos un poquito en la justicia. Y ahora la quieren sacar, se asustaron los dueños de la finca, pero el pueblo quiere Paz, mucho más Paz y Paz.

jueves, 13 de marzo de 2014

Todo y nada cambia

A veces me da la impresión de que aquí nada cambia. Podría reciclar columnas viejas y hablarían de lo mismo; corrupción en el Gobierno, enriquecimiento ilícito, “diputransas”, miedo en la elección del fiscal general, dudas en la honorabilidad de ciertos magistrados, nepotismo, publicidad anticipada en las elecciones, etcétera. Y si ponemos la radio, peor aún, el tiempo ahí sí que no ha pasado; mismos grupos musicales viejos y feos sonando. Escuchamos a los locutores y muchos parece que vivieran en los años cuarenta, todavía les parece controversial hablar de “llegar virgen al matrimonio” pero no se atreven a tocar el tema de las niñas mamás o del aborto. Todo parece igual pero en realidad nada es igual. Todas las noches sale una luna diferente. Ahora sabemos que lento, pero que el sistema judicial trabaja. Sabemos que si por ejemplo la vicepresidenta roba y roba, va a terminar tarde o temprano procesada. La tecnología también permite que la información se difunda más rápido y eso tiene ventajas y desventajas. Casi toda la capital está tapizada de cámaras de seguridad. La información se difunde en un instante y da la vuelta al mundo. Pienso en la importancia de iniciativas como “Ojo con mi pisto” que resultan en un intento por fiscalizar a nuestros gobernantes y que no se nos olvide que lo que se roban es nuestro. Por mucho que nos sintamos atrapados en el pasado, cada segundo algo cambia en nosotros y en el mundo. El paso del tiempo es imparable, el mundo no deja de girar, nosotros no paramos de cambiar. Hoy nos forramos de pisto, mañana podríamos estar presos.

martes, 4 de marzo de 2014

Carnaval toda la vida

A mi hijo le parece injusto que el Carnaval lo celebren únicamente los niños de pre- primaria de su colegio. “Es discriminación por edad” dice con carita triste. Y es que la emoción por disfrazarse y dejar de ser uno mismo, es irresistible para muchos. Desde pequeños nos enseñan a reprimirnos, a no reírnos tanto, a no gritar, a estar peinaditos y arregladitos, bien planchados, sobrios y elegantes. Aprendemos a portarnos bien todo el tiempo. ¡Qué aburrido! La humanidad sabe desde tiempos inmemoriales que la permisividad y del descontrol como manera de liberar las tensiones es justa y necesaria de vez en cuando, las sociedades saben que nadie aguanta tanta represión durante tanto tiempo. Como los volcanes que deben sacar poco a poco el calor y el fuego interno para no explotar y destrozarlo todo de un solo, para los humanos también es sano liberar las energías de a poquito. De todas las celebraciones católicas, el Carnaval es de mis preferidas, y lamentablemente es de las que se están perdiendo cada vez más. Nos vamos quedando con las tradiciones aburridas y/o consumistas. Me gusta el Carnaval, pero me cae mal cuando en los colegios o escuelas imponen determinados disfraces. Contaba una colega columnista que supo el caso de una amiga a la que le toco hacerle a su hija un disfraz de Trompa de Falopio. ¿? Mejor me río. A todos nos cae bien de vez en cuando, salir a la calle a lucir las plumas, pelarnos un poco, disfrutar de los pecados carnales. Total, para contrarrestarlos existe la confesión y la pastilla del día siguiente.