miércoles, 3 de julio de 2013

Saborcito

Llevo dos semanas en Alemania sin saber más que tres palabras en alemán. Cada día o noche me he topado con un latinoamericano que me salva de alguna manera del laberinto de Babel. Pienso en la peruana que limpia mi cuarto de hotel y la dominicana que me traduce los ingredientes en la cocina de la Deutsche Welle y que canta y ríe a un volumen un tanto escandaloso para los germanos. No olvido el saludo cordial y la sonrisa del boliviano que recoge las bandejas de comida. Escucho La Bamba tres veces al día en voz de los músicos que recorren el subterráneo buscando unos euros que les alivianen la vida en el exilio. Me tintinea el corazón con el digestivo que nos regala el mesero ecuatoriano al reconocernos latinoamericanos como él. En la cultura alemana, los hispanos han conquistado poco a poco un espacio con su trabajo en los oficios más pesados; limpieza, preparación de comida y otros servicios que muchos quizá desprecien. Van permeando el imaginario, dejando referencias en la música, los graffitis, la cultura y la gastronomía local. La vida germana no solo se alimenta y engrandece con el sabor latino, sino también con otros migrantes que debido a la guerra en sus países, la represión y el hambre (literal y metafóricamente) dejan su vida y empiezan de nuevo en éste país que mantiene una política abierta al otro. Cada día me alimento con la gastronomía turca o árabe, únicos que mantienen abierto las 24 horas del día sus locales y que tienen comida a un precio más que razonable. Así que ¡Benditos los migrantes que enriquecen con su cultura a los países desabridos!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya estás vieja Lucía, y seguís con mates de adolescente. Jajajajaja, buena onda por vos!

Lucha dijo...

Viejos los mares y todavía revuelcan!