miércoles, 1 de octubre de 2014

A-153167

Quizá A-1 53167 comenzó a morir el día que dejó de funcionar la Cédula de Vecindad y se oficializó el DPI. Cuando conocí a Aníbal López ya no me pareció el genio del que me hablaban sus amigos. Pocas veces pude entablar con él una conversación interesante. Apenas retazos de ideas atrás de sus ojos profundos. Confieso que me cohibía. En una ocasión me invitó a escribir un reportaje acerca de su obra. Le contesté que con mucho gusto. Me preguntó cuánto le cobraría por hacerlo. Le dije que nada, que a mí me pagaba el periódico, no el entrevistado. Aníbal insistió en que quería pagarme. Me ofreció pagar el equivalente a un año del colegio de mis hijos o que yo podía escoger cualquier obra de él y quedármela. Al pagarme, obtenía el derecho a revisar mi trabajo antes de que saliera, como si fuera mi editor, sugiriendo, cortando o agregando. En la columna yo debía reconocer que había recibido un pago por escribirla. Su obra intentaba desenmascarar la “fafa” o “mordida” con la que se compra a algunos periodistas. Aunque me tentó la idea de trabajar con un artista como Aníbal y de entender su eterno cuestionamiento, no me convencía que para ello, yo debía sacrificar mi nombre que es lo único que un periodista tiene. Tras pensarlo mucho, le contesté que sí, aceptaba el trato pero que no quería ni dinero ni una pieza de arte, lo haría a cambio de que me diera su cédula de vecindad original, la A-1 53167, la que le daba su nombre artístico. Mi trato era: mi nombre a cambio de su nombre. No aceptó. Y yo ya nunca lo entrevisté. Aníbal murió la semana pasada, me alegra que quede su obra cuestionando los límites de la moralidad, acusando y poniéndonos a pensar.
Foto cortesía de Sergio Valdés Pedroni.

1 comentario:

Kurt Zierlein dijo...

Gracias por tu integridad. Abrazo fuerte. DTB