martes, 11 de marzo de 2008

Florifundia

7 comentarios:

esnecesariohabervivido dijo...

mmmmmmmmmmm.....

La Filistea dijo...

¡Qué envidia!
Yo fumé durante 8 años, de pronto me dan ganas de echarme uno, digamos que tiro la dieta, pero más me vale no volverlo a hacer.

Algunas Luchas dijo...

Jaja.. es una foto vieja tomada en el Cementerio de Comalapa. Y de la florifundia, esa vez, solo la sombra.

Anónimo dijo...

La serenidad del brujo
Es una palabra maya. En kaqchikel, si no me equivoco.

Por: EDUARDO HALFON

Estaba de espaldas a nosotros, en pantalones de lona negra y camisa azul marino, regando las flores blancas y acampanadas de un arbusto de florifundia. Había dejado su sombrero de mimbre en la tierra, al lado de un anciano sauce.

“Pero mirá cómo a Ignacio no le gusta regarla”, me murmuró el gringo en su español arrastrado.
Ignacio echaba agua viendo hacia unas aves del paraíso.

“¿Y por qué no?”
“Los indígenas de esta región creen que la florifundia sólo crece en los jardines de los characotel”.
“¿Qué es eso?”
“Es una palabra maya. En kaqchikel, si no me equivoco”.
Arriba, en las ramas más altas del sauce, un motmot de cresta azul trinó corto y agudo.
“Se refiere a una persona que en las noches deja su cuerpo dormido en casa mientras su espíritu adquiere la forma de un animal”.
Observé al viejo jardinero acuclillarse ante lo que parecía una cascada de fucsias moradas.
“Ignacio me decía que no era bueno tener florifundia en mi propiedad, que la gente de Tzununá ya sospechaba de mí, que había que matarla. Y yo no le hice caso a sus brujerías y supersticiones, por supuesto. Aunque ahora, cuando me lo vuelve a decir, ya lo pienso dos veces”.
Le pregunté por qué. El gringo buscó algo con la mirada.
“¿Ves ese aguacatal, allá, cerca de los cafetales?”
“Sí”.
“Pues nunca dio frutos. Ignacio me dijo que era porque ese aguacatal no sabía cómo y entonces había que enseñarle. Un día vino él con unos aguacates de barro, de esos pequeñitos y pintados de amarillo y verde, y los colgó en las ramas y los dejó allí durante un mes”.
Sonreí.
“Y ese árbol de papaya”, dijo.
Me volví hacia donde estaba señalando.
“Tampoco daba frutos. Ignacio me dijo que era porque ese árbol estaba confundido, que no sabía si era hembra o macho. Y una mañana trajo de su casa una faldita rosada de niña y la amarró alrededor del tronco de la papaya”.
El gringo se rió.
“Y pues ni modo”, exclamó entre risas, “de inmediato aguacatal y papaya empezaron a dar frutos”.
Yo me quedé viendo a Ignacio, aún en cuclillas, cabizbajo, siempre sereno mientras apuntaba el débil chorro de agua hacia la corteza roja y descascarada de un indio desnudo.

spd dijo...

En Antigua también hay de esta planta, cerca de una Iglesia que es de color amarillo.

Anónimo dijo...

esa planta es la entrada hacia la cuarta dimension. Es una patada de burro al cerebro :P

Anónimo dijo...

Very good article.